Hace cuatro meses que dejé de escribir en este blog. Diría que mi vida estaba un poco despedazada, que no encontraba otra palabra para describirme a mi misma que desconocida...para mis padres a quienes con trabajos les devolvía la sonrisa, para mis amigos que se acostumbraron a mis ojos rojos y mi cara hinchada de tanto llorar y para mi, que de pronto descubrí que quedaban pocos rastros de lo que fui antes.
Ha sido un largo proceso, que sinceramente no vale la pena describir más. A veces cuando leo las cosas que escribía cuando aparentemente me desmoroné y me perdí por completo, me cuesta trabajo pensar que ya no me duelen más, y que al contrario...esas letras llenas de ira y de tristeza son sólo una prueba más de que lo que soy hoy, lo que tengo hoy, lo que amo hoy es tan real como todo lo que tuve que vivir para adquirirlo.
Sí, sin duda fue un proceso largo. Me dejé humillar y humillé, canalicé malamente mi dolor y lo convertí en locura, en despreocupación por nada más que mantenerme en pie, sin importarme a quien me llevaba entre las manos. Me dediqué a evitar el golpe, aunque era inminente mi caída; me dediqué a sentir sin pensar, sin darme cuenta de que tampoco mis sentimientos eran reales, eran sólo espejismos que me mantenían ocupada, que me ayudaban a mirar hacia arriba y no hacia abajo.
Lamento mucho el dolor que causé, lamento mucho no haberte adelantado lo que yo ví venir desde que escribí el último post que hay en este blog, lamento mucho haberme escondido en vez de haberte dado la cara y darte las gracias por haberme ayudado a no caer, aunque en el camino te llevé conmigo. No sabes cuánto me duele haber tenido que sacarte de mi vida para terminar con las heridas que yo misma te causé. Me duele, pero fue lo mejor, y los dos lo sabemos.
Fue un camino largo, por reiterativo que suene, pero vaya que ha valido la pena. Porque entre tantos dramas, inquietudes, dudas y lágrimas, hubo un giro de tuerca...uno de esos que tanto me gustan, y que como bien mencioné antes, hacen que la vida sea la vida.

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